Uno de los grandes pensadores de los siglos XVIII y XIX, Pierre Laplace, escribió un libro acerca del movimiento de los planetas. Lo llamó Mecánica Celeste, y presentó él mismo un ejemplar del libro al Emperador Napoleón. Alguien le había dicho anticipadamente a Napoleón que el libro nunca mencionaba a Dios. El Emperador tomó el libro y dijo: “Sr. Laplace, me dicen que usted escribió este libro grande sobre el sistema del universo, y que ni siquiera mencionó a su Creador”. Laplace, resueltamente, respondió: “No tengo necesidad de esa hipótesis”.
Este incidente es una metáfora para lo que ha sido conocido como “La Era Moderna”, una era en la cual la lógica, la razón y la ciencia han formado el fundamento de toda verdad. De acuerdo con este concepto, toda la realidad se puede reducir a fórmulas, leyes y a predicciones científicas. Si algo no se puede explicar por medio de la lógica, la razón y la ciencia, entonces no es real.
Por estos años, ha habido una reacción contra esta forma de pensar. Hay quienes no creen, y con razón, que toda la realidad pueda ser explicada con la fría racionalidad sola. Hay algo acerca de nosotros que ninguna fórmula, ningún tubo de ensayo, ninguna ley científica, alguna vez pudo captar.
Esta reacción se ha difundido a todos los ámbitos de la vida; sin embargo, como sucede con la mayoría de las reacciones, en algunos casos ha ido demasiado lejos, hasta el punto de poner a un lado o ignorar el concepto de la enseñanza. Lo que es importante, se nos dice, no son las enseñanzas, sino la experiencia. Lo que hace tu fe por ti ahora, eso es lo que importa. En lugar de decir: “Aquí hay razones que nos obligan, nos llevan a creer, a actuar”; la tendencia (otra vez, una reacción) es decir: “Nuestra comunidad te invita a unirte con nosotros en esta aventura de confianza y compromiso”.
Ahora bien, estimado lector, no me mal interpretes, esto no es del todo malo puesto que somos llamados a que esa enseñanza tenga resultados concretos y prácticos en nuestras vidas. Pues claro, La enseñanza no es solo haber adquirido el conocimiento, sino algo que influye sobre el individuo en el ámbito personal. La enseñanza afecta la vida e impacta en cómo una persona se relacionará con los desafíos diarios. Hay un aspecto práctico de nuestra filosofía de vida, que cambia esa misma vida y que no debería ser negada o denigrada. Al mismo tiempo, el lugar de la experiencia nunca debería disminuir la importancia de las enseñanzas concretas.
En definitiva, debemos considerar siempre ambos aspectos de nuestra vida: ENSEÑANZA Y ACCIÓN lo que nos llevará no solo a una fe viva sino también a un servicio que será el que verdaderamente enriquezca nuestro diario vivir y será el que dará sentido a nuestra existencia, llena y digna de ser vivida.
Liliana Moreno Ahualli

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