miércoles, 30 de mayo de 2012
"Yo vengo a ofrecer mi corazón" de Fito Páez
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¡¡¡Prométete a ti mismo!!!
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Tan fuerte que nada pueda perturbar la paz de tu mente.
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El lado bueno de todas las cosas, y convertir en realidad tu optimismo.
PENSAR!
Lo mejor, trabajar por lo mejor y esperar lo mejor.
OLVIDAR!
Los errores del pasado, y orientarte hacia las enseñanzas del futuro.
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Que eres capáz de dar lo mejor que hay en tí.
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6 Pasos para salir de los malos hábitos personales
Gestiópolis, mayo de 2012
Autor: Jaime Mora
Los hábitos son acciones que tienen un efecto directo en nuestra vida y que realizamos de forma metódica y constante. Ese efecto puede ser tanto positivo como negativo, es nuestra elección el fin deseado y, en consecuencia, qué conducta queremos conservar.
Nuestras vidas se enfrentan en ocasiones a episodios desagradables que deseamos olvidar, y para lograrlo decidimos recurrir a puertas traseras que nos generan un escape precario, un alivio efímero, una amnesia momentánea cuyo precio es inicialmente tan económico, que preferimos no atender a las consecuencias secundarias que en la mayoría de los casos resultan peor al problema inicial.
Es en esas circunstancias cuando buscamos remedios de rápida acción, de efecto inmediato, de provecho instantáneo, pero mientras más súbita la maniobra, más breve es el alivio. Ahora bien, es esa misma brevedad la que nos pone a riesgo de adoptar los hábitos indeseados, aquellos que tienen efectos nocivos para nuestro ser. En otras palabras, el sufrimiento, la depresión, y la frustración son la cama perfecta para procrear los malos hábitos.
Y es que en esos momentos es cuando nos encontramos más vulnerables a realizar pequeños cambios al buscar la satisfacción inmediata. Cambios, que en el momento no pensamos que pueden volverse parte de nuestra rutina, pero que sorprendentemente son aprendidos con velocidad y luego son increíblemente difíciles de dejar.
Para revertir los efectos del hábito adverso, solo debemos seguir estos simples pasos:
1.- Aceptación: debes identificar el mal hábito, tener claridad de su existencia y de las razones por las cuales lo adquiriste.
2.- Conciencia: debes reconocer el mal que te hace, el daño que produce en ti, lo mal que te sientes ante su ocurrencia.
3.- Visualización: observar que es lo que quieres lograr, siente la sensación de bienestar que experimentarás cuando lo anules. Piensa en el futuro.
4.- Tomar la decisión: definir con exactitud cuáles son los pasos a seguir, cuáles los compromisos que asumes, cuál será el camino de vuelta a la tranquilidad.
5.- Fuerza de voluntad: tener la firme convicción de que puedes, con la confianza en que no volverás atrás. Con fe en tu carácter y en la capacidad de sostenerte en tu decisión.
6.- Tomar acción: no lo dejes para después, no le des más tiempo para que se arraigue en ti, actúa inmediatamente.
Es importante que tomemos por máxima de ahora en más, dejar aquellos hábitos que puedan ser dañinos para nosotros, ya sea a corto o largo plazo, e incorporar a nuestra rutina aquellos que puedan hacernos sentir más a gusto en el día a día, que contribuyan a la plenitud en nuestras vidas, que impulsen nuestro camino al crecimiento continuo.
“Sea que nos guste o no nos guste, todo lo que está sucediendo en este momento es producto de las decisiones que tomamos en el pasado”. Depack Chopra.
Jaime Mora - jaimemora@impulsate.com
Director del portal impúlsate y experto en crecimiento personal, organizacional y emprendimiento. www.impulsate.com.
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sábado, 26 de mayo de 2012
¡Solo se trata de vivir! de "Lito Nebbia"
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Una clave: jamás pienses que no puedes
Soy mamá, esposa, escritora, y casi sorda
Por Verónica Sukaczer. Escritora, entre sus libros figuran "Mal de familia" y, en Literatura Infantil, "Nunca confies en una computadora".
La historia de una mujer que fue perdiendo la audición desde chica, sus vergüenzas, sus logros, su búsqueda de soluciones. Y una clave: jamás pensar que no podía.
En familia. Con su esposo Gonzalo, sus hijos Ariel (al lado del padre) y Alan y la infaltable Trinity.
Clarín, mayo de 2012
"Si te lastimás no te quedes llorando donde no te vea, te levantás como sea y me buscás". Eso es lo más importante que les enseñé a mis hijos y me hace sentir segura que lo hayan aprendido. Ellos siempre me buscaron. Yo los curé: podía ser hipoacúsica y mamá.
A diferencia de lo que me sucedió a mí, ellos crecieron entendiendo cómo eran las cosas. Tan bien, que cada uno en su momento me daba vuelta la cara con sus manitos para que yo los mirara cuando necesitaban comunicarse.
Esta historia comenzó cuando yo tenía unos seis años y mi madre se dio cuenta de que nunca aparecía cuando me llamaba desde otra habitación. A la primera observación sobre mí –caprichos de hermana menor, intuía– le siguieron otras que apuntaron a ella: ansiedad y sobreprotección. Hasta que llegó el verdadero diagnóstico.
La audiometría dictaminó una pérdida significativa y progresiva de audición en ambos oídos. La buena noticia era que aquello me sucedía teniendo el lenguaje adquirido. Cuando ya no escuchara, por lo menos me quedaría la palabra.
Los primeros años de hipoacusia los viví sin darme cuenta. Yo no sabía que era hipoacúsica. Nadie se había sentado conmigo para explicarme. Me llevó muchos años reconstruir la historia de ese agujero negro de desinformación en el que crecí. A mis padres les habían dicho que iría perdiendo la audición en forma paulatina, y les aconsejaron que me brindaran un entorno normal durante el tiempo que ese proceso llevara. Que no hablaran del tema ni lo convirtieran en el eje de mi vida. Ellos tomaron los consejos al pie de la letra –cosa que aún les reprocho– y no hablaron. Y por no nombrarlo, se convirtió en lo que no debía ser: el eje sobre el que giraba mi vida, no ser oyente ni del todo sorda.
Con el tiempo descubrí que escuchar poco no siempre era el mayor problema, aunque sí el desencadenante de todo. Peor que no oír era advertir las risas de los demás cuando respondía cualquier cosa a una pregunta (escuchar no es siempre sinónimo de entender qué dice el otro). Se me hizo costumbre morirme de vergüenza. Para evitarlo, dejé de responder. Me hice tímida cuando no lo era. No fue el único cambio. Comprobé que si expresaba el enojo inmenso que me provocaba no escuchar, resultaba que “tenía un carácter de mierda” pero, si me adaptaba, comportándome como los que oían, me volvía un ejemplo. Así que me adapté. Yo también hice como que la hipoacusia no existía.
Al principio, el asunto no me resultó complicado. Aún escuchaba lo necesario, y pronto me sumergí en lo que sería mi salvación: la lectura. Necesitaba saberlo todo, ponerles nombres a las cosas y no había otro sitio donde preguntar, que en los libros. Lo que está dicho me tranquiliza, me permite avanzar, nombrarme: hipoacusia bilateral neurosensorial severa a profunda, otoesclerosis coclear, Verónica. Leer me otorgó un conocimiento del mundo, de mi entorno y de la gente que no hubiera logrado de otra manera.
Pasé de una infancia corriente a una adolescencia tenebrosa sin escalas. El descalabro sucedió a comienzos de mi primer año de secundaria, durante una clase de Historia. Lo que explicaba la profesora se me escapaba y no podía leerle los labios porque ella caminaba por el aula (yo había hecho terapia de lectura labial y hoy, a pesar de que con audífono escucho bastante, solo entiendo cuando tengo al otro de frente y cerca).
El asunto era que quería oír, entonces un día le pregunté si podía hablar un poco más alto. La respuesta fue un grito: “¡Encima que conversan, ¿quieren que grite?!”. Sin embargo, algo le había quedado picando... Al rato me buscó y, modulando exageradamente, me preguntó si-te-nía-pro-ble-mas-pa-ra-o-ír. Se me hizo un nudo en la garganta. Recién alrededor de los 25 años pude pronunciar la palabra hipoacúsica en voz alta sin sufrir un bajón de presión. Pero entonces tenía 13 y no podía. Preferí, otra vez, morirme de vergüenza.
Por su parte, la profesora encontró una solución igualmente vergonzante: hacerme sentar a su lado frente a mis compañeras, que dudaban entre reírse de mí o compadecerme. Soporté cinco minutos en esa silla de oprobio y, al minuto seis, informé que “había solucionado mi problema” para regresar a mi lugar de siempre. Ella nunca me preguntó qué cura milagrosa había encontrado para mi sordera.
Así llegué a la conclusión de que revelar mi discapacidad (detesto las definiciones “capacidades diferentes” o “necesidades especiales”) me traía más complicaciones que no decir nada. O eso creía. Lo cierto era que, cuando alguien se enteraba, huía de mí o empezaba a hablarme como si yo no manejara el lenguaje humano: con oraciones cortas, voz altísima (cuanto más volumen, más difícil la comprensión) y modulando de tal manera que podía estudiarle la glotis sin necesidad de bajalenguas.
En cambio, el silencio sobre mi condición me convertía en una adolescente inadaptada, parecida a otras. Elegí lo segundo. Me ayudó el hecho de que, según los oyentes del mundo, yo no “parezco” sorda. Nunca dejé que se me viera el audífono (lo uso en el oído izquierdo porque el derecho está fuera de servicio) y, como escucho muy bien mi propia voz, mi manera de hablar no delata mis problemas auditivos. La hipoacusia es invisible. No porto señales de mi estigma. Podía aparentar ser normal.
Sobreviví al secundario con excelente promedio (siempre los libros), pero el precio a pagar se me hacía más y más oneroso. Toda mi personalidad giraba alrededor de algo que yo no era. La hipoacusia me dolía. Cada vez entendía menos y las relaciones con los demás me resultaban imposibles. Entonces me construí una coraza para resistir.
Hice un arte de la mentira y de la excusa. Acepté con resignación que mis pares me creyeran indiferente, tímida, cerrada, estúpida, presumida. Y me defendí de todos con un humor negro y mordaz que no siempre era bienvenido. Cualquier cosa me parecía más sencilla que aceptar la realidad, que no tenía remedio.
Comencé la facultad empecinada en que nadie supiera, perfeccionando mis estrategias de supervivencia y adaptación. Para colmo, había elegido el periodismo. Les confié mi secreto a un par de amigos para que me prestaran los apuntes. Las entrevistas las grababa siempre y, en mi casa, las desgrababa junto a mi madre. Ella repetía, yo transcribía en la Olivetti. Ningún profesor se dio cuenta de mi situación. No reprobé un solo examen. Y a la pasión por la lectura sumé la de la escritura. Escribiendo sobresalía. Había encontrado mi don.
En diciembre del ‘90 terminé mis estudios y en marzo ya era colaboradora en un diario. Pero mis logros siempre estuvieron teñidos de tormentos: ¿alguien me querría a pesar de?, ¿me casaría?, ¿crecería en mi trabajo?, ¿tendría hijos?, ¿seguiría perdiendo audición? Para todo, la respuesta fue sí.
Mi juventud transcurrió solitaria hasta que la tecnología me salvó. El dios módem y los santos BBS, precursores de la Gran Red, me permitieron leer en una pantalla aquello que no escuchaba. Por escrito, desde mi cuarto, hice amigos, me divertí, me conecté. Y entre todas esas voces que ahora sí podía discriminar, estaba la de él (que en la vida real tiene una voz maravillosa). En uno de los chats me animé a escribirle lo indecible: soy hipoacúsica. Él me contestó que escuchaba bárbaro, pero que era gordo. Tal para cual.
Mi novio no se hizo mucho problema con el tema. Su madre, tampoco. Yo no “parecía”.
Pocos meses después de casarme, quedé embarazada, y el miedo a que mi hijo heredara mi problema genético fue mucho menor que el temor a que naciera con otra discapacidad. Conocía lo que significaba la falta de audición, sabría cómo ayudarlo, estaría junto a él, la remaríamos juntos.
Fue entonces cuando comenzó el segundo capítulo de mi vida. Ya no podía disimular. No era eso lo que quería enseñarle a mi hijo. Así que empecé a practicar: hipoacúsica, hipoacúsica, hasta que dejó de temblarme la barbilla y la palabra perdió ese tono peyorativo que tenía para mí.
Tampoco salí a gritárselo al mundo, claro. Pero vaya que era mejor decir; un grandísimo alivio. Ahora se venía la gran prueba, la definitiva: ocuparme de mi hijo en forma independiente, responder a sus necesidades. Al principio creí que mi marido se haría cargo del llanto por las noches. Pero no tuve en cuenta su sueño pesado, a prueba de catástrofes.
Otra vez recurrí a mi gran aliada, la tecnología: un baby-call para personas sordas. Cuando el bebé llora, se prende y apaga la luz del velador. Durante unos seis años y dos bebés, la bendita luz me despertó ante cada gemido y cada llanto. Pero también ante cada trueno, sirena, cada maldito ruido. No me importó; era el precio a pagar. ¿Y mi marido? Bien, roncando (y eso es lo único que agradezco no oír).
Mis hijos crecieron sanos, fuertes, oyentes. Ahora mismo, mientras escribo estas palabras, en la habitación de al lado discuten como buenos adolescentes rebeldes e inadaptados por derecho propio. Mi marido siempre me reprocha que, por no oír, no intervengo. Yo le respondo que ellos sobrevivieron, sin intervención, a todas sus peleas. Pero esta vez me buscan, y cada uno pretende que lo mire y escuche sin distraerme ni una vez, para que le dé la razón. Yo sonrío y me quito el audífono. Los chicos se amigan entre sí y se enojan conmigo.
Hasta aquí llegué. No hay final feliz con recuperación de la audición como en las telenovelas (sí más pérdida, y quitarme el audífono no es una alternativa, porque me aísla del mundo y me sumerge en otro lleno de acúfenos, los ruidos producidos por mis propios oídos).
Sigo sintiéndome estúpida muchas veces, tengo ataques de vergüenza y detesto la impotencia que me produce no poder hablar por teléfono o no escuchar los timbres de mi casa, incluso con audífono. Odio depender. Pero estoy bastante satisfecha con lo que he logrado. Luego de quince años de matrimonio, nos entendemos tan bien con mi marido que ahora soy yo la que se preocupa por el peso y él es el que no me escucha.
Sigo trabajando. Poco periodismo, mucha literatura. Llevo publicados casi veinte libros. Uno para adultos, el resto para chicos y jóvenes. Cosa extraña: cuando era pequeña creía que las personas hipoacúsicas y sordas no podían hacer otra cosa que leer como leía yo, con hambre insaciable.
Descubrir que, por el contrario, los que nacieron sin audición o la perdieron muy tempranamente no entienden lo que leen, me produjo tal cimbronazo que, a los 40, me encontré estudiando de nuevo. Esta vez Logogenia, un método de desarrollo de la competencia lingüística en chicos sordos. Mi profesora fue una profesional de las Letras, tan hipoacúsica como yo. Empezaba a encontrarme, a verme en otros, a saber quién soy.
Y este es mi presente. Ya ven, lo estoy escribiendo en un diario, por fin lo puedo decir. Eso sí: sigo sin “parecer”, y entonces los demás se olvidan de que no escucho bien y tengo que hacer todo el esfuerzo. Basta, che, soy hipoacúsica.
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domingo, 20 de mayo de 2012
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Diez claves para la educación de tus hijos
1. Los padres deben educar la voluntad de los hijos y sus sentimientos. Preparar a un hijo para la vida no es satisfacer todas sus voluntades y todos sus caprichos.
Enseña a tu hijo a renunciar y a oír "no".
No impongas la renuncia, pero llévalo a aceptarla libremente.
Señala la razón del renunciar, su valor y necesidad para la vida.
Si no aprende ahora a decir no a lo permitido, luego no sabrá decir no a lo prohibido.
El exceso de mimos echa a perder a los niños; los hijos muy mimados sufren mucho en la vida. Vivirán siempre alterados e inseguros.
El exceso de mimos y de censuras, críticas y castigos es la principal causa de inseguridad en los jóvenes. Los grandes hombres de la historia soportaron pruebas y privaciones en la vida. Poco se puede esperar de los hombres que nunca supieron lo que son privaciones, renuncias y sacrificios.
Los que reciben todo en la infancia no sabrán dar nada como adultos.
2. La cólera es nociva para la educación de los hijos. La ira nos lleva a decir palabras sin pensar y a actuar irreflexivamente.
El hablar sin pensar y el actuar sin reflexionar pueden lastimar, herir, ofender y llevar a cometer injusticias.
Habla con tu hijo con calma y ten actitudes ponderadas.
La cólera, la ira, la falta de dominio pueden hacer que se cometan desatinos.
Muchos padres, llevados por la ira del momento, hieren el corazón de los hijos con palabras semejantes a éstas:
"Tú no sirves para nada." "Maldita la hora en que te engendré." "Tú eres la vergüenza de la familia." "Tú no vales nada." "¡Tú eres un hijo indigno! "
Después, cuando estás en calma, reflexionas y te arrepientes. Pero será demasiado tarde. Las palabras ya fueron dichas y el corazón de tu hijo ya fue herido.
Piensa antes de hablar y reflexiona antes de actuar.
A un corazón herido siempre le queda una cicatriz.
No hables sin pensar y sin medir el alcance de tus palabras.
No hagas un gesto sin medir las consecuencias.
Tu hijo es un tesoro que merece todo el amor, respeto y cariño; es un tesoro de la vida entregado en las manos de los padres.
3. El secreto que un hijo confía al padre o a la madre debe ser como una piedra lanzada al mar. Se esconde en el fondo, nadie la ve, descubre, conoce.
Sé siempre discreto, guarda en lo profundo del corazón el secreto de tu hijo. La confianza, una vez. perdida, difícilmente se recupera.
Un joven comienza a desorientarse desde el momento en que pierde la confianza en sus padres. Mientras los hijos confíen en los padres, tendrán siempre una luz que los ilumine, una guía que los conduzca y, una brújula que los oriente.
4. La mejor escuela de la vida es el ejemplo de los padres. Los hijos precisan más los ejemplos que las enseñanzas.
Los padres no les pueden exigir virtudes y cualidades que ellos no tienen. Vigilando sus propias obras, los padres estarán construyendo la moral de sus hijos. ¿Qué ejemplos les das? ¿A ti te gustaría que tus hijos hicieran lo que tú haces?
5. La misión de los padres es orientar, esclarecer, amar, comprender, incentivar. Actuar así es darle la oportunidad a tu hijo para que se afirme en la vida. El amor que los hijos reciben de los padres y la confianza que éstos depositan en ellos es para los jóvenes un seguro amparo de vida.
6.El desahogarse es una necesidad psicológica de toda persona. Tu hijo muchas veces está psicológicarnente agobiado y siente la necesidad de desahogarse. Precisa decir lo que siente.
Escucha con paciencia y benevolencia su desafío, aunque hable en forma agresiva e irritada.
Aprende a escuchar con paciencia y atención el desahogo de tu hijo y evitarás muchas discusiones, desavenencias y contrariedades.
Deja que tu hijo diga todo lo que siente y, cuando esté en calma, estará en condiciones de razonar y reconocer el error.
Comparte las dudas, angustias y problemas de tu hijo y él será tu amigo.
7. Saber escuchar en silencio es una virtud que los padres también deben tener. Antes de contradecír a tu hijo, escucha, analiza y trata de comprender lo que él quiere decir. Y después habla, pero con amor.
Cuando los padres se precipitan en responder o en contradecir al hijo, pueden cometer una injusticia o interpretar de modo incorrecto, y esto suscita la rebeldía del hijo.
Deja que tu hijo hable y oiga pacientemente, y sólo después habla, analiza, medita y dialoga con él.
Una persona irritada no está en condiciones de oír y comprender.
8. Deja que tu hija hable, sólo escucha. Después dialoga calma y serenamente con ella. Tal vez ella diga muchas cosas equivocadas, pero analizándolo bien encontraremos muchas verdades entre los errores.
Apreciar y valorizar lo bueno da mejores resultados que señalar y condenar de inmediato lo equivocado. A nadie le gusta ser refutado y censurado al instante.
Muchos padres no defienden la verdad, pero si sus puntos de vista para que prevalezcan sobre los puntos de vista de sus hijos.
El hijo no es un adversario a combatir, sino un amigo a conquistar. Y para conquistar nada mejor que saber oír.
9. Tu hijo precisa consejos y recomendaciones, pero deben ser bien dosificados, dados con amor y bondad. Una andanada de consejos y recomendaciones irrita y satura. El exceso, en lugar de producir efectos positivos, trae resultados negativos. Da a tu hijo los consejos más útiles y prácticos, no los más agradables. Dale un consejo como una sugerencia y no como una imposición.
10. ¡Cuántos jóvenes aún no descubrieron el verdadero sentido de la vida! Viven y no saben por qué. Estamos en este mundo para amar y hacer el bien, el amor nos une unos a otros y todos unidos amaremos a Dios. El amor siempre trae unidad y conlleva a hacer obras de bien. Una vida sin amor es una vida vacía y sin sentido.
La vida nos es dada para crecer siempre más en el amor y para engrandecernos a través de la práctica del bien.
Educar no es sólo combatir el mal, señalar y censurar los errores; educar es sobre todo íncentivar el bien, impartir buenas costumbres, valorizar las buenas obras y estimular.
El exceso de críticas y de censuras elimina el incentivo y el deseo del bien. Pero apreciar y valorízar las cosas buenas estimula y anima a proseguir el camino del bien y a mejorar. El exceso de críticas y censuras lo vuelve inseguro, angustiado y alterado.
Señala con amor los errores de tu hijo, aprecia sus virtudes, incentiva el bien y valoriza sus buenas acciones.
Que la crítica, la censura y la reprensión sean siempre constructivas y no destructivas. Que sean siempre positivas y no negativas.
* Recordar errores pasados y ya perdonados, desestimula y desanima. No es agradable oír siempre la misma queja, oír siempre la misma melodía de las personas que persisten en tocar la misma tecla.
* Olvida los errores cometidos por tu hijo en el pasado, e incentiva el bien en el presente, valorizando sus buenas acciones, por pequeñas que sean.
* Y así, si él fuera malo, tratará de ser bueno, y si fuera bueno se esforzará para ser mejor.
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viernes, 18 de mayo de 2012
Reflexiones en torno a "LOS JUSTOS" de Jorge Luis Borges
Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
Los Justos, publicado en La Cifra (1981)
Jorge Luis Borges
sábado, 12 de mayo de 2012
¿Cuál es? Según la Madre Teresa de Calcuta
¿Cuál es?...
* ¿El día mas bello? Hoy.
* ¿La cosa más fácil? Equivocarse.
* ¿El obstáculo mas grande? El miedo.
* ¿El mayor error? Abandonarse.
* ¿La raíz de todos los males? El egoísmo.
* ¿La distracción mas bella? El trabajo.
* ¿La peor derrota? El desaliento.
* ¿La primera necesidad? Comunicarse.
* ¿Lo que hace mas feliz? Ser útil a los demás.
* ¿El misterio mas grande? La muerte.
* ¿El peor defecto? El mal humor.
* ¿La persona más peligrosa? La envidiosa.
* ¿El sentimiento mas ruin? El rencor.
* ¿El regalo mas bello? El perdón.
* ¿Lo mas imprescindible? El hogar.
* ¿La ruta mas rápida? El camino correcto.
* ¿La sensación mas grata? La paz interior.
* ¿El resguardo mas eficaz? La sonrisa.
* ¿El mejor remedio? El optimismo.
* ¿La mayor satisfacción? El deber cumplido.
* ¿La fuerza más potente del mundo? La fe.
• ¿La cosa mas bella de todas? El amor.
Madre Teresa de Calcuta
* ¿El día mas bello? Hoy.
* ¿La cosa más fácil? Equivocarse.
* ¿El obstáculo mas grande? El miedo.
* ¿El mayor error? Abandonarse.
* ¿La raíz de todos los males? El egoísmo.
* ¿La distracción mas bella? El trabajo.
* ¿La peor derrota? El desaliento.
* ¿La primera necesidad? Comunicarse.
* ¿Lo que hace mas feliz? Ser útil a los demás.
* ¿El misterio mas grande? La muerte.
* ¿El peor defecto? El mal humor.
* ¿La persona más peligrosa? La envidiosa.
* ¿El sentimiento mas ruin? El rencor.
* ¿El regalo mas bello? El perdón.
* ¿Lo mas imprescindible? El hogar.
* ¿La ruta mas rápida? El camino correcto.
* ¿La sensación mas grata? La paz interior.
* ¿El resguardo mas eficaz? La sonrisa.
* ¿El mejor remedio? El optimismo.
* ¿La mayor satisfacción? El deber cumplido.
* ¿La fuerza más potente del mundo? La fe.
• ¿La cosa mas bella de todas? El amor.
Madre Teresa de Calcuta
Es light, ¿es sano?
Por Luza Alvarado
marzo 2012
Al igual que mi amigo, miles de personas creen que tomar bebidas carbonatadas "de dieta" es más sano que tomar bebidas con azúcar. Sin embargo, decenas de estudios dicen lo contrario. Los motivos son variados y están relacionados, sobre todo, con un estilo de vida poco saludable: malos hábitos alimenticios, sedentarismo, prejuicios provocados por la publicidad tendenciosa, etc. El problema es bastante complejo, por lo que trataré de desmenuzarlo en dos apartados.
- Si es "light", no engorda
Se ha comprobado que las personas que toman resfrescos de dieta tienden a ganar peso más que a perderlo. Esto puede deberse a dos situaciones íntimamente relacionadas. Estos consumidores, en general, tienen habitos alimenticios deficientes y estilos de vida sedentarios. Como es muy difícil romper con un patrón nocivo, prefieren hacer cambios remediales, es decir, gestos superficiales que, de acuerdo con los mensajes publicitarios, parecen ser más saludables. Entre ellos está cambiar el consumo de una bebida azucarada por el de una bebida con edulcorantes.
Pero el asunto no queda ahí. Preferir una bebida artificialmente azucarada al agua pura o al jugo natural pone de relieve una adicción al azúcar (en algunos casos también al jarabe de maíz modificado y a la cafeína). Los edulcorantes actúan como un placebo que satisface la necesidad psicológica o sensorial, pero no la física. El cuerpo, acostumbrado a trabajar con altos niveles de azúcar, busca satisfacer la necesidad a través de otros alimentos, pero después de un tiempo de abstintencia el consumo suele presentarse en forma de atracones.
Esto no quiere decir que el simple hecho de consumir bebidas gasificadas de dieta provoque obesidad, sin embargo, en la mayoría de los casos sólo refuerza los malos hábitos alimenticios, pues se piensa que por ahorrarse las calorías de la bebida, se pueden permitir comer de más o no hacer ejercicio.
- Riesgos de enfermedad
El hábito de tomar bebidas carbonatadas, tanto de dieta como "normales", puede provocar diversas enfermedades crónico degenerativas:
1. Daño a los huesos. Se ha comprobado que los consumidores de refresco tienen entre 4% y 10% menos densidad mineral en los huesos. Esto puede deberse a que las bebidas con gas tienen ácido fosfórico, un mineral que además de erosionar el esmalte de los dientes, requiere usar las reservas de calcio del cuerpo para ser metabolizado. Este dato sería crucial para las mujeres que han tenido hijos, ya que su deficiencia de calcio es mayor que en el resto de los individuos.
2. Disminución en la capacidad renal. Después de seis años de estudio en mujeres, se comprobó que consumir más de dos refrescos diarios disminuye en un 30% la función renal. Todo apunta a pensar no sólo en la acidez del refresco sino en la presencia de otros minerales. Cuando se mide la cantidad de éstos en una lata de refresco, el aporte no es significativo, pero cuando se ingieren más de dos latas diarias, el desgaste a los riñones aumenta considerablemente.
3. Síndrome metabólico. De acuerdo con el Dr. Ramachandran Vasan, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston, beber dos refrescos diarios y llevar hábitos de vida sedentarios aumenta en un 50% las posibilidades de presentar síndrome metabólico, y cuando se padece síndrome metabólico se duplican los riesgos de sufrir diabetes, infarto, cáncer, ovario poliquístico, etc. Este síndrome se caracteriza por una baja en el colesterol "bueno", presión alta, acumulación de grasa en el abdomen y la cintura, entre otros síntomas.
4. Cáncer. Después de casi un año de ejercer presión en tribunales, finalmente se ha logrado que las empresas que producen refrescos de cola en los EEUU se vean forzadas a disminuir el nivel de 4-MI (colorante que da tono caramelo) en las bebidas. Según el reporte presentado por el Centro para la Ciencia pro Interés Público, los niveles de este químico son responsables de provocar inflamaciones severas y cáncer, por lo que las autoridades están obligando a las empresas a poner una leyenda preventiva (del tipo "el consumo de este producto puede provocar cáncer") a quienes no accedan a disminuir los niveles de 4-MI. A esto se suma la gran cantidad de estudios "no concluyentes" sobre los riesgos de consumo prolongado de aspartame, acesulfame, manitol y otros endulzantes artificiales.
Les recomiendo este documental llamado Sweet Misery (Dulce Miseria) donde se exponen algunos datos interesantes sobre el aspartame y los daños que éste provoca al sistema nervioso:
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, hasta un niño sabe que la sed no se quita con una bebida azucarada y gasificada (a menos que sea lo único que haya en kilómetros a la redonda). La publicidad nos ha vendido esa idea y nuestro inconsciente la ha asimilado tan bien, que hoy dejamos de lado otras opciones más saludables, como el agua, el jugo de fruta recién hecho o incluso una infusión, bebidas que sí aportan algún beneficio a la salud.
Puede parecer que estoy "satanizando" las bebidas con gas, pero no es así. Estoy de acuerdo en es tomar un refresco de vez en cuando, pero convertirlo en la fuente principal de líquido me parece un riesgo real para la salud.
¿Creen que es exagerado? ¿Cuáles son sus razones para tomar o dejar de tomar refrescos azucarados con gas?
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