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lunes, 1 de julio de 2013

De la Sociedad de los Poetas Muertos



No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras
y las poesías, sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y es oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,
porque sólo en sueños puede ser libre el Hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso.
"Emito mis alaridos por los techos
de este mundo",dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,

No traiciones tus creencias.
porque no podemos remar en contra de nosotros mismos:
Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron ,
de nuestros "Poetas Muertos",
te ayudan a caminar por la vida.

La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "Poetas Vivos".

No permitas que la vida te pase a ti
sin que la vivas ....

Walt Whitman
 (West Hills, EE UU, 1819 - Camden, id., 1892) Poeta estadounidense. Hijo de madre holandesa y padre británico, fue el segundo de los nueve vástagos de una familia con escasos recursos económicos. Pasó sólo ocasionalmente por la escuela y pronto tuvo que empezar a trabajar, primero, y a pesar de su escasa formación académica, como maestro itinerante, y más tarde en una imprenta.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Esto pasó un 1º de agosto… de 1944

Ana Frank escribe la última página de su diario, pocos días antes de ser trasladada a un campo de concentración.

“… y sigo buscando la manera de llegar a ser la que yo tanto quería ser, la que yo sería capaz de ser si no hubiera otras personas en el mundo”. Estas son las palabras finales que escribió la adolescente judía antes de iniciar su camino hacia la muerte. Porque había otros seres con aspecto de personas que impidieron que llegara a ser lo que quería. Tenía entonces quince años y desde los trece compartía con su familia, los tres miembros de la familia Van Daan y el doctor Dussel un escondite ubicado en las habitaciones superiores de una casa de Amsterdam. Los ocho refugiados, perseguidos por su origen judío, intentaban escapar de la represión de los nazis, evitando cualquier ruido, cualquier luz que pudiera delatar su presencia. Ana comenzó a llevar su diario desde el principio del encierro sobre un cuaderno que le habían regalado para su último cumpleaños. En un estilo sencillo, directo y muchas veces poético transmite la historia de su propia adolescencia, de las patéticas condiciones de la vida del grupo y de la incomprensible crueldad del mundo exterior. Tres días después de escribir la última página, la política nazi irrumpió en las habitaciones y se llevó a todos los ocupantes. También buscaron dinero y joyas y, en el desorden, los cuadernos que componían el diario quedaron tirados en el suelo. Ana y su hermana Margot murieron en el campo de concentración de Bergen- Belsen en los primeros días de marzo de 1945, pocos meses antes del final de la guerra. Solamente su padre se salvó del exterminio y recuperó los cuadernos, que fueron publicados en forma de libro. La obra refleja como pocas las aberraciones de una ideología dirigida al exterminio.

Art. publicado en diario Clarín del año 2000

sábado, 26 de mayo de 2012

Una clave: jamás pienses que no puedes


Soy mamá, esposa, escritora, y casi sorda

Por Verónica Sukaczer. Escritora, entre sus libros figuran "Mal de familia" y, en Literatura Infantil, "Nunca confies en una computadora".

La historia de una mujer que fue perdiendo la audición desde chica, sus vergüenzas, sus logros, su búsqueda de soluciones. Y una clave: jamás pensar que no podía.

En familia. Con su esposo Gonzalo, sus hijos Ariel (al lado del padre) y Alan y la infaltable Trinity.


Clarín, mayo de 2012
"Si te lastimás no te quedes llorando donde no te vea, te levantás como sea y me buscás". Eso es lo más importante que les enseñé a mis hijos y me hace sentir segura que lo hayan aprendido. Ellos siempre me buscaron. Yo los curé: podía ser hipoacúsica y mamá.

A diferencia de lo que me sucedió a mí, ellos crecieron entendiendo cómo eran las cosas. Tan bien, que cada uno en su momento me daba vuelta la cara con sus manitos para que yo los mirara cuando necesitaban comunicarse.

Esta historia comenzó cuando yo tenía unos seis años y mi madre se dio cuenta de que nunca aparecía cuando me llamaba desde otra habitación. A la primera observación sobre mí –caprichos de hermana menor, intuía– le siguieron otras que apuntaron a ella: ansiedad y sobreprotección. Hasta que llegó el verdadero diagnóstico. 

La audiometría dictaminó una pérdida significativa y progresiva de audición en ambos oídos. La buena noticia era que aquello me sucedía teniendo el lenguaje adquirido. Cuando ya no escuchara, por lo menos me quedaría la palabra. 

Los primeros años de hipoacusia los viví sin darme cuenta. Yo no sabía que era hipoacúsica. Nadie se había sentado conmigo para explicarme. Me llevó muchos años reconstruir la historia de ese agujero negro de desinformación en el que crecí. A mis padres les habían dicho que iría perdiendo la audición en forma paulatina, y les aconsejaron que me brindaran un entorno normal durante el tiempo que ese proceso llevara. Que no hablaran del tema ni lo convirtieran en el eje de mi vida. Ellos tomaron los consejos al pie de la letra –cosa que aún les reprocho– y no hablaron. Y por no nombrarlo, se convirtió en lo que no debía ser: el eje sobre el que giraba mi vida, no ser oyente ni del todo sorda. 

Con el tiempo descubrí que escuchar poco no siempre era el mayor problema, aunque sí el desencadenante de todo. Peor que no oír era advertir las risas de los demás cuando respondía cualquier cosa a una pregunta (escuchar no es siempre sinónimo de entender qué dice el otro). Se me hizo costumbre morirme de vergüenza. Para evitarlo, dejé de responder. Me hice tímida cuando no lo era. No fue el único cambio. Comprobé que si expresaba el enojo inmenso que me provocaba no escuchar, resultaba que “tenía un carácter de mierda” pero, si me adaptaba, comportándome como los que oían, me volvía un ejemplo. Así que me adapté. Yo también hice como que la hipoacusia no existía. 

Al principio, el asunto no me resultó complicado. Aún escuchaba lo necesario, y pronto me sumergí en lo que sería mi salvación: la lectura. Necesitaba saberlo todo, ponerles nombres a las cosas y no había otro sitio donde preguntar, que en los libros. Lo que está dicho me tranquiliza, me permite avanzar, nombrarme: hipoacusia bilateral neurosensorial severa a profunda, otoesclerosis coclear, Verónica. Leer me otorgó un conocimiento del mundo, de mi entorno y de la gente que no hubiera logrado de otra manera. 

Pasé de una infancia corriente a una adolescencia tenebrosa sin escalas. El descalabro sucedió a comienzos de mi primer año de secundaria, durante una clase de Historia. Lo que explicaba la profesora se me escapaba y no podía leerle los labios porque ella caminaba por el aula (yo había hecho terapia de lectura labial y hoy, a pesar de que con audífono escucho bastante, solo entiendo cuando tengo al otro de frente y cerca). 

El asunto era que quería oír, entonces un día le pregunté si podía hablar un poco más alto. La respuesta fue un grito: “¡Encima que conversan, ¿quieren que grite?!”. Sin embargo, algo le había quedado picando... Al rato me buscó y, modulando exageradamente, me preguntó si-te-nía-pro-ble-mas-pa-ra-o-ír. Se me hizo un nudo en la garganta. Recién alrededor de los 25 años pude pronunciar la palabra hipoacúsica en voz alta sin sufrir un bajón de presión. Pero entonces tenía 13 y no podía. Preferí, otra vez, morirme de vergüenza. 

Por su parte, la profesora encontró una solución igualmente vergonzante: hacerme sentar a su lado frente a mis compañeras, que dudaban entre reírse de mí o compadecerme. Soporté cinco minutos en esa silla de oprobio y, al minuto seis, informé que “había solucionado mi problema” para regresar a mi lugar de siempre. Ella nunca me preguntó qué cura milagrosa había encontrado para mi sordera. 

Así llegué a la conclusión de que revelar mi discapacidad (detesto las definiciones “capacidades diferentes” o “necesidades especiales”) me traía más complicaciones que no decir nada. O eso creía. Lo cierto era que, cuando alguien se enteraba, huía de mí o empezaba a hablarme como si yo no manejara el lenguaje humano: con oraciones cortas, voz altísima (cuanto más volumen, más difícil la comprensión) y modulando de tal manera que podía estudiarle la glotis sin necesidad de bajalenguas. 

En cambio, el silencio sobre mi condición me convertía en una adolescente inadaptada, parecida a otras. Elegí lo segundo. Me ayudó el hecho de que, según los oyentes del mundo, yo no “parezco” sorda. Nunca dejé que se me viera el audífono (lo uso en el oído izquierdo porque el derecho está fuera de servicio) y, como escucho muy bien mi propia voz, mi manera de hablar no delata mis problemas auditivos. La hipoacusia es invisible. No porto señales de mi estigma. Podía aparentar ser normal. 

Sobreviví al secundario con excelente promedio (siempre los libros), pero el precio a pagar se me hacía más y más oneroso. Toda mi personalidad giraba alrededor de algo que yo no era. La hipoacusia me dolía. Cada vez entendía menos y las relaciones con los demás me resultaban imposibles. Entonces me construí una coraza para resistir. 

Hice un arte de la mentira y de la excusa. Acepté con resignación que mis pares me creyeran indiferente, tímida, cerrada, estúpida, presumida. Y me defendí de todos con un humor negro y mordaz que no siempre era bienvenido. Cualquier cosa me parecía más sencilla que aceptar la realidad, que no tenía remedio. 

Comencé la facultad empecinada en que nadie supiera, perfeccionando mis estrategias de supervivencia y adaptación. Para colmo, había elegido el periodismo. Les confié mi secreto a un par de amigos para que me prestaran los apuntes. Las entrevistas las grababa siempre y, en mi casa, las desgrababa junto a mi madre. Ella repetía, yo transcribía en la Olivetti. Ningún profesor se dio cuenta de mi situación. No reprobé un solo examen. Y a la pasión por la lectura sumé la de la escritura. Escribiendo sobresalía. Había encontrado mi don.

En diciembre del ‘90 terminé mis estudios y en marzo ya era colaboradora en un diario. Pero mis logros siempre estuvieron teñidos de tormentos: ¿alguien me querría a pesar de?, ¿me casaría?, ¿crecería en mi trabajo?, ¿tendría hijos?, ¿seguiría perdiendo audición? Para todo, la respuesta fue sí. 

Mi juventud transcurrió solitaria hasta que la tecnología me salvó. El dios módem y los santos BBS, precursores de la Gran Red, me permitieron leer en una pantalla aquello que no escuchaba. Por escrito, desde mi cuarto, hice amigos, me divertí, me conecté. Y entre todas esas voces que ahora sí podía discriminar, estaba la de él (que en la vida real tiene una voz maravillosa). En uno de los chats me animé a escribirle lo indecible: soy hipoacúsica. Él me contestó que escuchaba bárbaro, pero que era gordo. Tal para cual.

Mi novio no se hizo mucho problema con el tema. Su madre, tampoco. Yo no “parecía”. 

Pocos meses después de casarme, quedé embarazada, y el miedo a que mi hijo heredara mi problema genético fue mucho menor que el temor a que naciera con otra discapacidad. Conocía lo que significaba la falta de audición, sabría cómo ayudarlo, estaría junto a él, la remaríamos juntos. 

Fue entonces cuando comenzó el segundo capítulo de mi vida. Ya no podía disimular. No era eso lo que quería enseñarle a mi hijo. Así que empecé a practicar: hipoacúsica, hipoacúsica, hasta que dejó de temblarme la barbilla y la palabra perdió ese tono peyorativo que tenía para mí. 

Tampoco salí a gritárselo al mundo, claro. Pero vaya que era mejor decir; un grandísimo alivio. Ahora se venía la gran prueba, la definitiva: ocuparme de mi hijo en forma independiente, responder a sus necesidades. Al principio creí que mi marido se haría cargo del llanto por las noches. Pero no tuve en cuenta su sueño pesado, a prueba de catástrofes. 

Otra vez recurrí a mi gran aliada, la tecnología: un baby-call para personas sordas. Cuando el bebé llora, se prende y apaga la luz del velador. Durante unos seis años y dos bebés, la bendita luz me despertó ante cada gemido y cada llanto. Pero también ante cada trueno, sirena, cada maldito ruido. No me importó; era el precio a pagar. ¿Y mi marido? Bien, roncando (y eso es lo único que agradezco no oír).

Mis hijos crecieron sanos, fuertes, oyentes. Ahora mismo, mientras escribo estas palabras, en la habitación de al lado discuten como buenos adolescentes rebeldes e inadaptados por derecho propio. Mi marido siempre me reprocha que, por no oír, no intervengo. Yo le respondo que ellos sobrevivieron, sin intervención, a todas sus peleas. Pero esta vez me buscan, y cada uno pretende que lo mire y escuche sin distraerme ni una vez, para que le dé la razón. Yo sonrío y me quito el audífono. Los chicos se amigan entre sí y se enojan conmigo. 

Hasta aquí llegué. No hay final feliz con recuperación de la audición como en las telenovelas (sí más pérdida, y quitarme el audífono no es una alternativa, porque me aísla del mundo y me sumerge en otro lleno de acúfenos, los ruidos producidos por mis propios oídos). 

Sigo sintiéndome estúpida muchas veces, tengo ataques de vergüenza y detesto la impotencia que me produce no poder hablar por teléfono o no escuchar los timbres de mi casa, incluso con audífono. Odio depender. Pero estoy bastante satisfecha con lo que he logrado. Luego de quince años de matrimonio, nos entendemos tan bien con mi marido que ahora soy yo la que se preocupa por el peso y él es el que no me escucha. 

Sigo trabajando. Poco periodismo, mucha literatura. Llevo publicados casi veinte libros. Uno para adultos, el resto para chicos y jóvenes. Cosa extraña: cuando era pequeña creía que las personas hipoacúsicas y sordas no podían hacer otra cosa que leer como leía yo, con hambre insaciable.

Descubrir que, por el contrario, los que nacieron sin audición o la perdieron muy tempranamente no entienden lo que leen, me produjo tal cimbronazo que, a los 40, me encontré estudiando de nuevo. Esta vez Logogenia, un método de desarrollo de la competencia lingüística en chicos sordos. Mi profesora fue una profesional de las Letras, tan hipoacúsica como yo. Empezaba a encontrarme, a verme en otros, a saber quién soy. 

Y este es mi presente. Ya ven, lo estoy escribiendo en un diario, por fin lo puedo decir. Eso sí: sigo sin “parecer”, y entonces los demás se olvidan de que no escucho bien y tengo que hacer todo el esfuerzo. Basta, che, soy hipoacúsica.

domingo, 20 de mayo de 2012

Diez claves para la educación de tus hijos

1. Los padres deben educar la voluntad de los hijos y sus sentimientos. Preparar a un hijo para la vida no es satisfacer todas sus voluntades y todos sus caprichos.
Enseña a tu hijo a renunciar y a oír "no".
No impongas la renuncia, pero llévalo a aceptarla libremente.
Señala la razón del renunciar, su valor y necesidad para la vida.
Si no aprende ahora a decir no a lo permitido, luego no sabrá decir no a lo prohibido.
El exceso de mimos echa a perder a los niños; los hijos muy mimados sufren mucho en la vida. Vivirán siempre alterados e inseguros.
El exceso de mimos y de censuras, críticas y castigos es la principal causa de inseguridad en los jóvenes. Los grandes hombres de la historia soportaron pruebas y privaciones en la vida. Poco se puede esperar de los hombres que nunca supieron lo que son privaciones, renuncias y sacrificios.
Los que reciben todo en la infancia no sabrán dar nada como adultos.

2. La cólera es nociva para la educación de los hijos. La ira nos lleva a decir palabras sin pensar y a actuar irreflexivamente.
El hablar sin pensar y el actuar sin reflexionar pueden lastimar, herir, ofender y llevar a cometer injusticias.
Habla con tu hijo con calma y ten actitudes ponderadas.
La cólera, la ira, la falta de dominio pueden hacer que se cometan desatinos.
Muchos padres, llevados por la ira del momento, hieren el corazón de los hijos con palabras semejantes a éstas:
"Tú no sirves para nada." "Maldita la hora en que te engendré." "Tú eres la vergüenza de la familia." "Tú no vales nada." "¡Tú eres un hijo indigno! "
Después, cuando estás en calma, reflexionas y te arrepientes. Pero será demasiado tarde. Las palabras ya fueron dichas y el corazón de tu hijo ya fue herido.
Piensa antes de hablar y reflexiona antes de actuar.
A un corazón herido siempre le queda una cicatriz.
No hables sin pensar y sin medir el alcance de tus palabras.
No hagas un gesto sin medir las consecuencias.
Tu hijo es un tesoro que merece todo el amor, respeto y cariño; es un tesoro de la vida entregado en las manos de los padres.

3. El secreto que un hijo confía al padre o a la madre debe ser como una piedra lanzada al mar. Se esconde en el fondo, nadie la ve, descubre, conoce.
Sé siempre discreto, guarda en lo profundo del corazón el secreto de tu hijo. La confianza, una vez. perdida, difícilmente se recupera.
Un joven comienza a desorientarse desde el momento en que pierde la confianza en sus padres. Mientras los hijos confíen en los padres, tendrán siempre una luz que los ilumine, una guía que los conduzca y, una brújula que los oriente.

4. La mejor escuela de la vida es el ejemplo de los padres. Los hijos precisan más los ejemplos que las enseñanzas.
Los padres no les pueden exigir virtudes y cualidades que ellos no tienen. Vigilando sus propias obras, los padres estarán construyendo la moral de sus hijos. ¿Qué ejemplos les das? ¿A ti te gustaría que tus hijos hicieran lo que tú haces?

5. La misión de los padres es orientar, esclarecer, amar, comprender, incentivar. Actuar así es darle la oportunidad a tu hijo para que se afirme en la vida. El amor que los hijos reciben de los padres y la confianza que éstos depositan en ellos es para los jóvenes un seguro amparo de vida.

6.El desahogarse es una necesidad psicológica de toda persona. Tu hijo muchas veces está psicológicarnente agobiado y siente la necesidad de desahogarse. Precisa decir lo que siente.
Escucha con paciencia y benevolencia su desafío, aunque hable en forma agresiva e irritada.
Aprende a escuchar con paciencia y atención el desahogo de tu hijo y evitarás muchas discusiones, desavenencias y contrariedades.
Deja que tu hijo diga todo lo que siente y, cuando esté en calma, estará en condiciones de razonar y reconocer el error.
Comparte las dudas, angustias y problemas de tu hijo y él será tu amigo.

7. Saber escuchar en silencio es una virtud que los padres también deben tener. Antes de contradecír a tu hijo, escucha, analiza y trata de comprender lo que él quiere decir. Y después habla, pero con amor.
Cuando los padres se precipitan en responder o en contradecir al hijo, pueden cometer una injusticia o interpretar de modo incorrecto, y esto suscita la rebeldía del hijo.
Deja que tu hijo hable y oiga pacientemente, y sólo después habla, analiza, medita y dialoga con él.
Una persona irritada no está en condiciones de oír y comprender.

8. Deja que tu hija hable, sólo escucha. Después dialoga calma y serenamente con ella. Tal vez ella diga muchas cosas equivocadas, pero analizándolo bien encontraremos muchas verdades entre los errores.

Apreciar y valorizar lo bueno da mejores resultados que señalar y condenar de inmediato lo equivocado. A nadie le gusta ser refutado y censurado al instante.
Muchos padres no defienden la verdad, pero si sus puntos de vista para que prevalezcan sobre los puntos de vista de sus hijos.
El hijo no es un adversario a combatir, sino un amigo a conquistar. Y para conquistar nada mejor que saber oír.

9. Tu hijo precisa consejos y recomendaciones, pero deben ser bien dosificados, dados con amor y bondad. Una andanada de consejos y recomendaciones irrita y satura. El exceso, en lugar de producir efectos positivos, trae resultados negativos. Da a tu hijo los consejos más útiles y prácticos, no los más agradables. Dale un consejo como una sugerencia y no como una imposición.

10. ¡Cuántos jóvenes aún no descubrieron el verdadero sentido de la vida! Viven y no saben por qué. Estamos en este mundo para amar y hacer el bien, el amor nos une unos a otros y todos unidos amaremos a Dios. El amor siempre trae unidad y conlleva a hacer obras de bien. Una vida sin amor es una vida vacía y sin sentido.
La vida nos es dada para crecer siempre más en el amor y para engrandecernos a través de la práctica del bien.
Educar no es sólo combatir el mal, señalar y censurar los errores; educar es sobre todo íncentivar el bien, impartir buenas costumbres, valorizar las buenas obras y estimular.
El exceso de críticas y de censuras elimina el incentivo y el deseo del bien. Pero apreciar y valorízar las cosas buenas estimula y anima a proseguir el camino del bien y a mejorar. El exceso de críticas y censuras lo vuelve inseguro, angustiado y alterado.
Señala con amor los errores de tu hijo, aprecia sus virtudes, incentiva el bien y valoriza sus buenas acciones.
Que la crítica, la censura y la reprensión sean siempre constructivas y no destructivas. Que sean siempre positivas y no negativas.

* Recordar errores pasados y ya perdonados, desestimula y desanima. No es agradable oír siempre la misma queja, oír siempre la misma melodía de las personas que persisten en tocar la misma tecla.

* Olvida los errores cometidos por tu hijo en el pasado, e incentiva el bien en el presente, valorizando sus buenas acciones, por pequeñas que sean.

* Y así, si él fuera malo, tratará de ser bueno, y si fuera bueno se esforzará para ser mejor.

miércoles, 22 de junio de 2011

Latinoamérica en el cine

La realidad latinoamericana invade las pantallas de Los Ángeles

Valeria Perasso
BBC Mundo, Los Ángeles, 22 de junio de 2011

Para la directora de "Paraíso for sale", las películas del LAFF también pueden tener carácter aleccionador. (foto america)

La violencia del narco en México, la marginación de la comunidad gay en Paraguay, el impacto de las grandes corporaciones en las poblaciones nativas de Panamá, las pandillas urbanas brasileñas y la experiencia de indocumentados hispanos en Estados Unidos: por un par de semanas, las miradas de Los Ángeles se fijan en las problemáticas sociales de América Latina, tal como las retratan los directores para la pantalla grande.

El principal festival de cine de la ciudad tiene, en su edición 2011, una fuerte impronta latinoamericana destinada –según los organizadores- tanto a los inmigrantes residentes aquí como a las audiencias estadounidenses poco familiarizadas con lo que ocurre al sur del río Bravo.

El responsable de "El Laberinto de Pan" y "Hellboy", entre otras, mostrará también la cinta "Don't Be Afraid of the Dark", de la que es productor, con la protagonista Katie Holmes y quizás hasta su esposo, Tom Cruise, sentados en las butacas.

Problemas sociales

"El Velador" se concentra en la labor cotidiana del sereno de un cementerio de Culiacán, en el estado mexicano de Sinaloa.

Pero el LAFF queda lejos de Hollywood, aunque geográficamente transcurra a pocos kilómetros de la colina y sus grandes estudios. Es todo lo que el cine comercial deja por fuera en esta ciudad de constantes premieres, galas y paparazzi.
Esa oferta de "otras miradas" -como las define la directora de programación hispana del festival, Hebe Tabachnik- le permite bucear en las cinematografías de los países latinoamericanos para traer a Estados Unidos "Las malas intenciones" (Perú), que tiene como trasfondo la violencia de Sendero Luminoso en los años '80, o "El lugar más pequeño" (México), sobre la postguerra civil salvadoreña.

En la paraguaya "108, Cuchillo de palo" se reflejan los prejuicios ante la homosexualidad que ensombrecen la historia de ese país y luego la exitosa "Tropa de Elite 2", del brasileño José Padilha, narra los efectos de la violencia pandillera al tiempo que confirma la contundencia del cine del mayor país de Sudamérica. Sin embargo, el desafío parece estar en las butacas: ¿qué lectura logran de las realidades los espectadores que tienen sólo contacto esporádico con el cine en español?

"(Al) hacer la película estás consciente de que el público mexicano va a tener una percepción distinta a la del extranjero", señala Almada.
"En el proceso de hacer la película estás consciente de que el público mexicano va a tener una percepción que el extranjero no va a tener. No tienes que hacer algo didáctico y obvio para los mexicanos, pero no quieres excluir a los extranjeros. Es el dilema de quienes hacemos cine en la periferia, distinto del que está haciendo los estudios de Hollywood", dice a BBC Mundo la directora Natalia Almada, quien trajo al LAFF su película "El Velador". La cinta se concentra en la labor cotidiana del sereno de un cementerio de Culiacán, en el estado mexicano de Sinaloa, y cuela los efectos de la guerra contra el narcotráfico mediante la radio y la televisión, protagonistas involuntarias de esta historia.

"El público mexicano responde a la muerte del capo del narco (Arturo) Beltrán Leyva, que ocurrió cuando filmé la historia, mientras que el extranjero se inclina por una cosa más abstracta: la violencia como concepto. A mí esa diferencia me gusta", señala Almada.

Para Anayansi Prado, directora de "Paraíso for sale" –o cómo la zona de Bocas del Toro, en Panamá, se ha visto transformada por la llegada de estadounidenses jubilados y de grandes corporaciones-, las películas también pueden tener carácter aleccionador. "En mi documental, por medio de historias personales se refleja el problema de una comunidad heterogénea y esas historias tienen un punto de referencia con cualquier audiencia de aquí. El tema es la migración en reversa, contar cómo los estadounidenses son los inmigrantes y cómo impactan ellos en la sociedad", dice Prado, quien se propone "educar" a los espectadores sobre lo que ocurre fronteras afuera.

Ciudad escenario

"Paraíso for sale" retrata la migración en reversa: cómo los estadounidenses son los inmigrantes en Panamá. Sin embargo, no sólo los parajes lejanos están en exhibición. El LAFF tiene también un número de películas récord para mostrar Los Ángeles a los mismos angelinos.
"Creo que hay una agenda tácita de dar un espacio a las películas que muestran la ciudad desde una mirada auténtica, porque la gente que está acá está cansada de ver una Los Ángeles traicionada: no como espacio real sino como un gran set", sugiere a BBC Mundo el director argentino Pascui Rivas. Su corto "Jean Lewis" se concentra precisamente en uno de los personajes silenciosos de esta meca del cine y está en competencia en el LAFF.

Es precisamente en ese marco urbano donde se tejen películas que tienen por protagonistas a los inmigrantes, como "Mamitas" o la muy comentada "In a Better Life", sobre un indocumentado que busca un futuro mejor para su hijo, que fue exhibida en la gala de apertura. Es, para muchos, la manera más obvia y omnipresente en que la realidad latinoamericana hace pie en Estados Unidos, con historias de vida que siguen siendo parte de Los Ángeles una vez que se apagan los proyectores.

jueves, 27 de enero de 2011

Se inauguró en México el museo de la memoria y tolerancia

Se ha inaugurado un museo en la capital mexicana que recordará los crímenes de lesa humanidad del siglo pasado, como el Holocausto nazi y otros genocidios internacionales.

Los millones de víctimas del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial, las matanzas masivas en Guatemala (década de 1980), Camboya (entre 1975 y 1979), Ruanda (1994) y algunos otros países se recuerdan dentro de las paredes de este edificio de cinco pisos de vidrio y concreto, de 7.000 metros cuadrados, inaugurado el lunes en la ciudad de México.

El presidente del país, Felipe Calderón, al inaugurar oficialmente el espacio cultural ha explicado la creación del museo por la necesidad de demostrar a los ciudadanos las consecuencias de la intolerancia social que, según él, algunos mexicanos padecen actualmente.
"Este museo preserva en la memoria histórica el Holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial y también hechos terribles ocurridos lo mismo en Camboya que en Ruanda, en Guatemala, y en muchos otros países, donde la exterminación sistemática de grupos étnicos o religiosos arrasó, segó la vida de millones de personas", dijo Calderón.

El presidente mexicano afirmó que México no ha "superado como país la discriminación que afecta a muchos grupos de nuestra sociedad, este museo es hoy un desafío ciudadano para que la sociedad supere las tendencias más negativas del hombre".

El Museo ofrece a los visitantes una muestra de exhibiciones sobre el Holocausto y cómo fue visto desde México, y luego continúa con horrores similares, incluyendo las masacres de armenios, tutsis y sudaneses.
La muestra incluye acontecimientos en las fronteras de México: la guerra civil de 36 años en la vecina Guatemala (1960-1996), donde las fuerzas respaldadas por el Gobierno exterminaron a mayas durante un sangriento conflicto que costó la vida de 200.000 personas y desplazó a miles de refugiados hacia territorio mexicano.

"No hemos superado la discriminación. Afecta a muchos grupos de la sociedad: indígenas, mujeres, niños, personas con discapacidad, a migrantes", dijo Calderón durante la inauguración del museo.
La creación de este centro fue iniciada por Sharon Zaga, cuya abuela se mudó a México desde Europa al estallar la Segunda Guerra Mundial, y cuya tía abuela sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz.
Zaga, de 34 años, visitó museos del Holocausto en todo el mundo y decidió que un museo en México tendría como enfoque central llamar la atención de los latinoamericanos sobre los efectos de los prejuicios y la intolerancia.

En el museo se exponen materiales interactivos, fotografías y vídeos de estos episodios, así como objetos donados por algunos sobrevivientes de los campos de concentración nazi. Polonia envió un vagón de tren usado para transportar prisioneros judíos a los campos de exterminio.

En el trabajo de rescatar la memoria histórica en el mundo participan, entre otros, el Museo del genocidio Toul Sleng en Camboya, el Holocaust Memorial Museum, en Estados Unidos, y el Museo del Holocausto en París.

Cuenta con cinco pisos con distintos tipos de luz para simular las sensaciones que vivieron las víctimas de los genocidios mencionados. El recinto cultural cuenta con biblioteca, área para exposiciones temporales, auditorio y un centro educativo donde se impartirán cursos, diplomados y mesas redondas.
El Museo de Memoria y Tolerancia que está ubicado en el corazón de la capital mexicana, enfrente de la Alameda del Centro Histórico, abriró sus puertas al público el 17 de octubre pasado.


EXTRAIDO DE RT EN ESPAÑOL